Autor de la página web

Autor de la página web

Información sobre el autor

Encabezamiento de la página web

SERRA FUNDADOR

DIOS EN LOS MÁRGENES DE LA VIDA;
DIOS DESCONCERTANTE, DIOS NECESITADO

En la visita que el P. Serra hizo a la P. Serra hubo una teofanía, una revelación de Dios en una kénosis. Un descenso de Nuestro Padre fundador
Esa sala del Hospital san Juan de Dios fue un lugar de revelación. Serra encuentra a Dios en las mujeres del hospital: Dios inerme a nuestra merced

Pio Baroja el gran escritor español de la generación del 98, y médico, conoció bien ese lugar, pues como estudiante de medicina pasó por el hospital San Juan de Dios y describió aquella dura realidad en la novela “El arbol de la Ciencia”
Allí aparece una clara descripción del lugar que años antes encontrara P. Serra

...el espectáculo tenía que ser deprimente. Las enfermas eran de lo más caído y miserable. Ver tanta desdichada sin hogar, abandonada, en una sala negra, en un estercolero humano; comprobar y evidenciar la podredumbre que envenena la vida sexual, le hizo a Andrés una angustiosa impresión ...

DIOS EN LAS MUJERES DE LA PROSTITUCION: ¿UN NUEVO DIOS O EL DIOS DE SIEMPRE?

a) Se trata del Dios samaritano. Dios (y sólo poco a poco descubrimos por qué) escoge algunos tiempos y algunos lugares para mostrar especialmente algo de sí mismo, o para mostrarse a sí mismo en una dimensión que humanice aún más a los hombres.

El Dios que cotidianamente nos aparece en la catequesis, en la liturgia y en la piedad popular (y más en un régimen de cristiandad como el que dominó Occidente durante gran parte de su historia) es el Dios omnipotente y controlador, Señor de la historia.
Sin embargo P. Serra encontró al Dios inesperado, al Dios inerme y caído, al Dios encarnado en las más despreciadas de las criaturas. Descubrió en los márgenes sociales de la gran ciudad al Dios desconcertante.

La experiencia de Dios que tuvo Serra puede ser similar a la que puede sentir hoy el creyente en el campo de la marginación: es la del desconcierto, la desubicación, la descolocación, la desinstalación, la desorientación. El creyente queda perdido, aturdido, perplejo. A menudo no sabe a qué atenerse ni qué pensar. Y en su desconcierto empieza a atisbar quién es Dios. Es un Dios que parece romper todas las categorías hasta entonces establecidas.

Ese Dios no es otro que el Dios samaritano. Y es precisamente la parábola del buen samaritano lo que nos puede iluminar sobre la experiencia del P. Serra en el Hospital San Juan de Dios. Recordemos que un maestro de la Ley le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Y ante la respuesta de Jesús insiste cuestionando ¿Y quién es mi prójimo?

Lo esencial aquel día de la visita del P. Serra al hospital no estaba en el propio Obispo de Daulia, sino en las mujeres que allí estaban, y como eso le impacta.
De igual modo el centro de ese pasaje evangélico lo ocupa un hombre medio muerto y todos los personajes quedan situados a partir de él; no se parte de arriba, desde las discusiones teóricas en torno a la identidad del prójimo, sino de abajo, desde el agujero donde está el herido.
Este texto nos ofreces elementos de trasgresión, ruptura de lógica y alteración de los esquemas convencionales lo imprevisible sustituye a lo típico y la sorpresa a la normalidad. Es un “efecto sorpresa” que pone en cuestión valores, juicios, costumbres y roles establecidos. “Yo no he creido ajeno a mi ministerio ni indigno de la posición que ocupo…

El hombre medio muerto ocupe el centro. A Jesús le era natural mirar las cosas desde abajo, con los ojos de los que viven o malviven en las peores situaciones. El que nació en un descampado de las afueras de Belén y morirá fuera de las murallas de Jerusalén, "se deslocaliza" y levanta su tienda allí donde nadie lo espera: en los desposeídos, derrotados y excluidos, precisamente donde parecía abolida toda la esperanza. Lo encontraremos siempre fuera, con los que el mundo ha arrojado lejos de sí.

Lugar donde ocurre la escena evangélica y el lugar donde P. Serra tiene esa fuerte experiencia que cambiará su vida. Los espacios profanos y de intemperie en que acontecen las dos escenas (un camino lleno de peligros, y la sala de un hospital donde se aglomeran mujeres enfermas y marginalizadas), fuera del abrigo de los centros de seguridad como la ciudad o el templo, aparecen como lugares de encuentro con Dios.

El Samaritano: realiza con él acciones generadoras de vida: se acerca, le toca, le cura, le levanta del suelo, carga con él, le busca alojamiento y protección y se ocupa de que sigan cuidándole y nutriéndole. Lo mismo que tratará de hacer el P. Serra a lo largo de toda su vida.
El Samaritano que también había entrado en escena de manera anónima desvela al final su verdadera identidad: la misericordia que lo habitaba le ha hecho comportarse como prójimo de quien le necesitaba para continuar viviendo. Recibe de Jesús un nombre nuevo: “el que tuvo compasión”.
Del mismo modo esas mujeres desde su impotencia van a tener el poder de revelar al P. Serra su capacidad de compasión que le asemeja a Dios, y van a desvelar una dimensión más profunda de su ser humano.

Lo sorprendente: el modo de mirar del samaritano. Una mirada que le incita a hacer el gesto mínimo e inmenso de aproximarse al hombre caído. Cuando otros lo han esquivado, sin dejar que les hiciera mella dejarlo atrás, él se siente afectado por el herido y responsable de su desamparo.
La urgencia de tender la mano al que lo necesita pospone todos sus proyectos e interrumpe su itinerario. La inquietud por la vida amenazada del otro predomina sobre sus propios planes y hace emerger lo mejor de su humanidad: un yo desembarazado de sí mismo. Ha cambiado su itinerario y se ha arrodillado junto a otro hombre.

Serra pasó al lado de una realidad que no era extraña a muchas otras personas, a otros miembros del clero. Esos “buenos cristianos” eran y son miembros de un sistema que pone la pureza de la ley (el orden económico, la política de estado) por encima de la ayuda concreta al necesitado.

Sin embargo Serra no retiró la mirada, se dejó conmover, “Es demasiado doloroso lo que he contemplao…” y sintió que la suerte de esas mujeres estaba unida a su propia suerte y a la de todo ser humano. “Y si nadie me ayuda lo haré solo con la ayuda de quien cargo sobre sus hombros…”

Tanto en torno al Samaritano como en torno al P. Serra existía, como ahora, una lógica dominante: "Si te detienes a cuidar de un desconocido medio muerto, si te detienes a cuidar una mujer de “mala vida” te expones a echar a perder tus planes, tu tranquilidad, tu tiempo, tu aceite, tu vino y tus denarios".

Pero en su reacción se revela la obstinada lógica de Jesús: "No midas, no calcules, deja que el amor te desapropie: serán los otros quienes te devolverán tu identidad, justo cuando tenías la impresión de que estabas perdiendo tu vida" .
Y Jesús transforma esa mentalidad dominante, y la resignifica, le da un nuevo sentido. El prójimo ya no será una cuestión del otro, sino que ahora se trata ante todo de salir en búsqueda del otro.

Sensibilidad: que fue educada por Dios, poco a poco a lo largo de la vida de Serra hasta llegar a ese momento. Al Samaritano, como a Serra se le presenta como evidente aquello que para el sacerdote y el levita no lo es. El samaritano es un hombre que, como va por los caminos, percibe con los sentidos lo que acontece. El sacerdote y el levita pasan por el camino «casualmente» y no perciben lo que el samaritano percibe, porque en el templo se ven, se oyen, se gustan, se saborean y se tocan otras cosas; sus sentidos están embotados y atrofiados para percibir lo que la gente percibe.

La mística cristiana es de ojos abiertos; no es una percepción relacionada únicamente con uno mismo, sino una percepción intensificada del sufrimiento ajeno. Es necesario tener los ojos bien abiertos y los oídos atentos ante lo que acontece. Sacerdote y levita también han mirado: Pero sólo el samaritano ha mirado bien y ha tenido compasión. También en este gesto el samaritano es “como Dios”, al que se define como aquel que mira a los heridos y oprimidos (Ex 3, 7-8).

b) Se trata del Dios sufriente
Hablar hoy de un Dios sufriente, es hacerle un Dios cercano. Hablar hoy de un Dios que sufre con el dolor de las víctimas del mundo, es hablar de un Dios que no es ajeno a nuestra historia, que, de alguna manera, está viviendo en nuestro aquí y nuestro ahora.

Y no es que Dios deje de ser poderoso, sino que quizás sea poderoso en otros parámetros diferentes a los parámetros humanos en donde tan difícil es unificar el poder total y absoluto, con la bondad que hace de Dios un ser que empatiza con nuestro sufrimiento.

El P. Serra que visita el Hospital San Juan de Dios, se va a sentir más cerca del Dios sufriente y bondadoso “Ministro de un Dios de bondad…” que del Dios omnipotente. La predicación del Dios omnipotente, puesto que somos humanos, corre el riesgo de no hacerle compatible con el Dios sufriente y con el Dios bueno.

Quizás sea el momento de humanizar un poco a Dios. Acercarle a nuestro sufrir, hacerle víctima con las víctimas, sufriente con los que sufren. Un Dios contextualizado, un Dios cercano y que participa del devenir de la historia. Un Dios que gime con los que gimen y que es crucificado otra vez junto a tantas víctimas inocentes.

El Dios sufriente, el Dios sensible a nuestras debilidades y problemáticas, es el Dios adecuado para que podamos hablar de él en medio de las oprimidas del mundo.

Esperamos al Dios que no existe, y aquel al que nos encontramos nos parece de poca categoría para llamarle así. Esperamos encontrarnos a un Dios que no es el de Jesús, el verdadero Dios. Es algo parecido a lo que les sucedió a muchos, ilustres y piadosos de Israel cuando apareció Jesús: no le reconocieron porque no daba la talla de Mesías, el Mesías no podía ser él, el hijo del carpintero de Nazaret (Lc 4, 22)

Dios, cuando lo es de verdad, es, humilde. Cuando se encarna se hace, por ello, limitado, cuando resucita es, por ello mismo, irreconocible con ojos terrenos. No esperemos ni revelaciones ni manifestaciones portentosas, ni esperemos vernos liberados mágicamente de las angustias y los sufrimientos de la vida;

¿Qué nos cabe, pues esperar? Cosas muy sencillas, pero muy divinas: semillas de vida en campos de muerte, vivir humanamente el dolor, palabras de esperanza donde uno no esperaría escucharlas nunca, dignidad increíble en los despreciados del mundo, capacidad de gratuidad más de la nunca pen­sada, fuerza para decir no y luchar contra lo que nos dan por evidente, paciencia ante la manifestación humillante, lucidez bañada en misericordia, gusto por los pequeños, atrevimiento para mirar a los ojos.

3. ACTITUDES PARA ENCONTRARSE CON ESA IMAGEN DE DIOS

a)Buscarle abajo y en la periferia
La categoría de “lugar” La pregunta no es “¿cuándo llegará el Señor?”, sino “¿dónde está Dios?”. Pasamos, por tanto, del paradigma del proceso (la historia como clave interpretativa de la realidad humana) al paradigma del lugar. El reto ya no residirá tanto en el futuro a construir, sino en la existencia de los márgenes de nuestra sociedad.
Esto nos muestra que la auténtica realidad humana es exactamente inversa a la que percibimos a primera vista: lo más humano no se encuentra arriba, sino abajo. No dentro, sino fuera.

Y no se puede estar abajo sin algún tipo de abajamiento real y sin compartir realmente la pobreza, trabajando a favor de los pobres, corriendo riesgos por defenderlos, sufriendo su mismo destino, y participando en sus gozos y esperanzas.

b) Mirar el dolor y el sufrimiento de cara
Cultura actual: esconde o banaliza el dolor y la muerte.
Son asuntos puramente fisiológicos a combatir por la medicina u otros terapeutas, pero de ningún modo es conveniente hablar de ello y menos mostrarlo, expresarlo y compartirlo.

Lo más que puede pasar es que la mirada se diluya en una emotividad pasajera pero que no quebranta ni duele. La cruz me habla del sufrimiento del Santo Inocente indisolublemente unido al de los santos inocentes, de un sufrimiento que es un aguijón que siempre nos estará molestando y que ningún analgésico podrá calmar, porque es un recuerdo peligroso.

3. Tomarse en serio a las criaturas: hacer (memoria) justicia a las victimas
Cólera, pecado, juicio y cruz son palabras desterradas de muchos vocabularios “espiritualmente correctos” por demasiado antropomórficas o simplemente inoportunas por los terrores que según el apartado anterior pueden despertar, pero no podemos prescindir de ellas si es que a las criaturas de Dios y sus sufrimientos nos las tomamos en serio.
Luchar con el lenguaje, prestándose al mal entendido y a la condena de lo “políticamente correcto”: la cólera es el Amor desgarrado que dice ¡basta ya!, la cólera expresa absolutamente lo contrario que la complacencia en el dolor. “Un Dios de Justicia que no desdeño en perdonarles…, pero la sociedad …” El Amor dolido pone en crisis (juicio), sacude y hace temblar la mentira de este mundo roto (pecado). No se trata de legitimar el dolor sino abrir las heridas que la desmemoria de este mundo cierra en falso, y como estamos viviendo ahora supuran de modos horribles.

Soportar la realidad adversa y dolorida es más digno y santo que el cinismo o el repliegue a la pura interioridad. Tenemos que estar atentos a la huida y al repliegue ante la realidad adversa y dolorida. No tenemos derecho a convertirnos en espectadores de este mundo roto sino que tenemos que estar en él para seguir curando, aliviando y soportando los “¿por qué?”.

Hace falta mucha fortaleza para convivir con el dolor del mundo, en su inmensa mayoría un dolor inútil. El sufrimiento de la mayoría de las criaturas es un sufrimiento inútil, absolutamente inútil, no repara nada, ni sirve nada más que para aumentar la conciencia desdichada que ha llevado en muchas tradiciones a maldecir el día que nos concibieron, a caer en el resentimiento.

Para el seguidor y seguidora del Compasivo el único modo de no caer en el resentimiento es haber experimentado el ser criaturas movidas a compasión. El sufrimiento del otro siempre es “inútil”, el único sufrimiento “útil” es mi sufrimiento por aliviar el dolor del otro (Levinas), no se trata de un juego de palabras, se trata de percibir desde nuestro vivirnos como criaturas que no hay mucho tiempo que perder con teodiceas del tipo que sean, están ya fracasadas, sino de entrar no en razones sino en compasiones.

Serra encuentra a Dios en las mujeres del hospital: Dios inerme a nuestra merced. No basta simplemente con ir al mundo de los pobres: hay que ir de tal manera, con tales actitudes, que ellos puedan soportar y que haga nuestra presencia útil para ellos.

4. Disposición para recibir vida das últimas, para encontrar el Dios de la esperanza en medio de la desesperación
En la realidad de Dios encontramos esperanza en la desesperación. Es la esperanza de saber que podrán vivir con prácticamente nada, de sentirse dignos por detalles diminutos, de sacar el máximo provecho a lo pequeño. Con casi nada logran vivir, y viviendo descubren que nada es más importante que vivir. Por ello no es extraño que cuando un voluntario se acerca a uno de estos transeúntes tumbados en la calle, éste le conteste con un brusco “¡déjame en paz!”.
En Dios se experimenta la fuerza que brota de la debilidad. Los marginados revelan la debilidad de Dios (recuérdese el modelo Belén). “El pobre es un misterio”, inalcanzable para la razón: “El pobre es un sacramento como es un misterio; es un sacramento intermedio que no exige de nosotros preparación alguna, sino que nos comunica la gracia y nos dispone para recibir el fruto de los sacramentos propiamente dichos. Tal es el grande, el magnífico poder de los pobres.

El pobre es sacramento visible del Dios invisible. Es vestíbulo del palacio de Dios. La debilidad del pobre muestra la debilidad de Dios, que resulta más poderosa que nuestras presuntas fuerzas.
La fuerza de Dios es el amor, y el amor se muestra débil en un mundo basado en la desunión. El marginado, agonizando, aprende a vivir. El opulento, viviendo, no hace sino morir

Disposición para recibir vida de las últimas, de las excluidas: siempre se insiste en que realizamos nuestra misión para dar vida a las otras,...ahora se trata de ver como recibimos vida de ellas.
Muchas veces se ha afirmado que la cercanía a los excluidos es un lugar privilegiado para el encuentro con Dios en medio de nuestra experiencia cotidiana.
Un encuentro que es fuente de Vida, de plenitud de Vida en el sentido evangélico del término. Este es el gran don, la gran riqueza, que Cristo nos aporta: “He venido para que tengan vida, y vida en abundancia” (Jn 10, 10): la vida en plenitud, la plenitud de la vida de Dios.

¿Y qué podemos entender por experiencia de Dios, del Dios verdadero que Jesús nos reveló?, ¿qué rasgos la identificarían o configurarían en nuestra vida cotidiana?, ¿qué es lo más significativo o característico que aporta la cercanía a las mujeres más excluidas a esa experiencia de Dios?

a) la experiencia de “un propio y humilde conocimiento. Aparece más nítidamente lo que de verdad somos y podemos llegar a ser, tanto en lo bueno como en lo menos bueno.

b) Ternura. Cuando el conocimiento propio es gracia concedida por Dios, aparte de proporcionar una lucidez a la que nosotros no hubiéramos llegado por nosotros mismos, va acompañado de una ternura que, parafraseando a Santa Teresa de Ávila, “nos hace deshacer”.

Nos deja humildes, pero no decepcionados o amargados; no nos sume en la depresión o en el desánimo, sino que es vivido como una nueva oportunidad para nuestra vida; no nos sentimos invitados, ni mucho menos, al abandono de la tarea que llevamos entre manos, sino a afrontarla con más humildad, con más escucha, más abiertos a la ayuda de los demás, más compartidamente.

c) Ampliación de nuestra visión del mundo. En la auténtica cercanía a ellas se enriquece nuestra visión del mundo, de la historia, de la sociedad en la que vivimos y se enriquece no desde clichés o respuestas prefabricadas, sino desde preguntas que muchas veces no sabemos responder de entrada, pero que nos dicen que las cosas igual no son como siempre las habíamos pensado, que tienen otros matices, que no están tan claras.
Y uno experimenta en propia carne hasta que punto son injustas tantas leyes, y marginadores tantos criterios tópicos, y vacías tantas buenas intenciones tan llenas de bondad como escasas de luces.

En la cercanía y la convivencia también nuestra sensibilidad es tocada y, quizá, en algunos puntos modificada. En la cultura de las mujeres que acompañamos encontramos una solidaridad que enfrenta las emergencias de cada jornada que permite sobrevivir. Nadie sabe cómo circula la ayuda discreta que respeta la dignidad herida de la que no consigue para alimento o medicina. Aquí encontramos muchos rostros que han salvado su bondad y su ternura de los golpes recibidos. La capacidad festiva sorprende en vidas enteras asaltadas.
Es don de Dios, sin duda, cómo al lado de ellas, en cercanía y servicio a ellas, se nos ilumina y revela el significado más hondo y menos banal o previsible de palabras y gestos

REDENCION

P. Serra experimentó que fuera de las mujeres prostituidas no hay redención. De redención y pecado antes hablábamos mucho. Ahora, sin embargo, ya no se habla, pues pareciera que en la sociedad civil no hay lugar para tales conceptos.

Pero es la realidad la que clama por una redención que la limpie del pecado. En nuestros días el pecado abunda de manera espectacular: la opresión y la violencia a la que se ven sometidas millones de mujeres en todo el mundo, la depredación del tercer mundo, y la privación de dignidad de sus pueblos; la violencia que da muerte, aunque ahora ocurra desde lejanos portaviones y con leyes comerciales que condenan al hambre -y como desesperada respuesta, seres humanos que se inmolan y dan muerte a otros; y la mentira, el encubrimiento y el silencio: los medios no acaban de decirnos la verdad de lo que es este planeta y de lo que somos nosotros.
No faltan pecados, pero hay gran déficit de examen de conciencia y de la antigua “confesión de boca”: y no la van a hacer los gobiernos, el mundo político, la gran banca, los ejércitos

Tampoco se habla mucho de REDENCION. En la sociedad del bienestar no está de moda hablar de ello. Y es que no hace falta: el buen vivir es el interés central de esas sociedades.
Evidentemente, cuando contemplamos las mujeres que acompañamos entendemos que las cosas no son así. No estamos en una sociedad del bienestar, sino en una sociedad del mal vivir de las mayorías. Y cuando nos ofrecen el buen vivir, no se preocupan de que eso traiga más justicia, más verdad, más humanidad, ni si va a traer una libertad menos egocéntrica, una luz más luminosa, y una mayor bondad -perdónesenos la palabra- para ser más humanos.
Fuera de las mujeres empobrecidas y estigmatizadas no hay salvación.

“La gloria de Dios es el pobre que vive”, sin retórica, sino profundizando el misterio de Dios. El obispo fue Mons. Romero.
De entre los más pobres, las mujeres que P. Serra descubrió en aquel Hospital ( aquellas que nosotros queremos seguir cuidando) ocupan el último lugar, son triplemente oprimidas: por ser pobres, por ser mujeres, por dedicarse a la prostitución. Empobrecidas y estimagtizadas; excluidas y condenadas

¿Qué nos redimirá de este mundo inhumano y cruel?
Un principio de respuesta: en poner la salvación en relación con las mujeres más excluidas. Ver en ellas un lugar y un potencial de salvación.
No decimos, estrictamente hablando, que con ellas ya hay, automáticamente, salvación, sino que sin ellas no la hay, aunque sí presuponemos que en los mujeres prostituidas siempre hay “algo” de salvación. Lo que pretendemos, en último término, es, a pesar de todo, ofrecer esperanza.
Del mundo de esas mujeres prostituidas, generalmente pobres y excluidas pobres pueden venir sanación a una civilización gravemente enferma.

La fórmula desafía a la razón instrumental. No aparece en textos de la modernidad ni de la postmodernidad, pues no es fácil de aceptar que de lo no-ilustrado provenga salvación.
Sí está presente de alguna forma en Marx: la salvación proviene de una clase social del abajo de la historia. Pero el marxismo no ve potencial salvífico en el lumpen.
Tampoco las ciencias sociales y políticas se preguntan por ello. Algunas harían de ellas, a lo sumo, ciudadanas con los mismos derechos que los demás, pero no las pone, ni en la teoría, ni en la práctica, en el centro de la sociedad, ni hace de ellas, por serlo, portadores específicos de salvación.
Tampoco lo hace la Iglesia, ni en su teoría, ni en su práctica. Impera siempre y en todos lados el axioma metafísico: salvados o condenados, “lo real somos nosotros”.

Esta tesis es contracultural, pues el mundo de la abundancia cree haber conseguido ya esta salvación, o cuando menos estar bien encaminado para conseguirla. No se le ocurre que la salvación pueda venir del mundo de las más pobres y excluidas.
Es tan contracultural como lo son, en el ámbito de la fe, las palabras de Bonhoeffer: “sólo un Dios que sufre puede salvarnos”. Ambas cosas, desde el NT, no deberían sorprender.

Experiencia profunda de Serra (tal vez no explicitada así, pero sí vivenciada así) Y experiencia de las personas que aquí están y de otras que conocemos. Esto no ocurre solo en el ámbito de las mujeres marginalizadas sino en el de los pobres en general. José Comblin dice que: “En los medios de comunicación se habla de los pobres siempre de forma negativa, como los que no tienen bienes, los que no tienen cultura, los que no tienen para comer. Visto desde fuera, el mundo de los pobres es todo negatividad. Sin embargo visto desde dentro, el mundo de los pobres tiene vitalidad, luchan para sobrevivir, inventan trabajos informales y construyen una civilización distinta de solidaridad, de personas que se reconocen iguales, con formas de expresión propias, incluidos el arte y la poesía”.
Algo similar podríamos decir de las mujeres que conocemos. Tendríamos que asombrarnos por el aguante y el desarrollo personal y social de ellas.

Existe un “algo” que se encuentra en el mundo de las más marginalizadas. Ellas, los que mueren antes de tiempo, las que tienen a casi todos los poderes del mundo en su contra, poseen “algo” que les hace vivir a ellas y que ofrecen a todos. Y ese “algo”, más que de bienes materiales, está hecho de bienes humanos, y por ello es un “algo” humanizante. Esos bienes son los que no se encuentran, o se encuentran con mayor dificultad, en el mundo de los “normales”.

Son ellas las que humanizan y ofrecen salvación, los que pueden inspirar y animar a configurar una civilización de solidaridad, no del egoísmo. Su lógica permite ver la realidad de otra manera. Permite ver que salvación no es adecuadamente idéntica a progreso y desarrollo, distinción que nos parece muy importante. Y permite ver que de ellas puede venir salvación.

“REDENCIÓN” IMPLICA VIDA, DIGNIDAD, FRATERNIDAD, HONRADEZ, TODO LO QUE HUMANIZA
En cuanto estado de cosas, la salvación acaece de diversas formas. Dejándonos guiar por la falta de vida y por la deshumanización instalada por el capitalismo, podemos decir esto:

salvación es vida (superación de las carencias básicas), en contra de pobreza, enfermedad, muerte; es dignidad (respeto a las personas y sus derechos) en contra de irreconocimiento y desprecio;
es libertad, en contra de opresión;
salvación es fraternidad entre los seres humanos, configurados como familia, lo que se opone a comprenderlos, darwinistamente, como mera especie;
salvación es aire puro, que pueda respirar el espíritu para moverse hacia lo que humaniza (honradez, compasión, solidaridad, apertura a alguna forma de trascendencia), en contra de lo que deshumaniza (egoísmo, crueldad, individualismo, arrogancia, romo positivismo).


RECONCILIACION
Otro de los términos utilizado como corolario de la redención, como uno de sus resultados, es la reconciliación.
En sí, el término remite a una separación a la que pone fin, a una ruptura que se supera supuestamente. En el contexto cristiano se piensa en primer término en la ruptura con Dios y, por tanto, en el pecado, que supone el perdón de Dios…
Pero el que dice filiación en relación con un padre dice fraternidad con respecto a todos aquellos que dependen de su paternidad. La salvación en cuanto reconciliación con Dios es inconcebible sin la reconciliación con los hermanos.
otras dos dimensiones más en esta manera de expresar la redención como reconciliación
La necesidad de una reconciliación de los hombres con la naturaleza, con su mundo. Sin ella, como recuerdan las campañas ecologistas, no hay posibilidad de salvación para los seres humanos.
Existe finalmente una reconciliación que no cabe olvidar sin más: es aquella por la que estamos en paz con nosotros mismos, liberados de la ansiedad, capaces de no desfallecer como consecuencia de nuestras propias insuficiencias y errores cotidianos, y serenos ante la realidad, sea cual sea

EL “LUGAR” DE LA REDENCIÓN:
La redención es concreta. Hay que recordarlo ante el peligro de “universalizar” a-históricamente el concepto de redención.
Qué sea salvación será comprendido de manera diferente en barrios residenciales de París e informes de las Naciones Unidas, y en los suburbios de Sao Paulo o Santo Domingo y en testimonios de comunidades de mujeres de Colombia o México.

No se puede presuponer que, desde un lugar supuestamente universal, se las puede comprender de forma adecuada y jerarquizar su necesidad y urgencia.
Esto lleva a la pregunta por el lugar en que se teoriza la redención, tarea hoy importante, pues la globalización, en cuanto ideología, busca llevar a pensar que la realidad del mundo es sustancialmente homogénea, y que, por lo tanto, no es necesario preguntarse por el lugar “más adecuado” para saber qué es redención ni para saber qué es ser humano, qué es esperanza, qué es pecado, qué es Dios.

Tenemos que dar la máxima importancia a determinar el lugar adecuado que lleva a conocer la verdad de las cosas. Ese lugar es el mundo de las más excluidas.

Por último, también hay que tener en cuenta las diversas formas que toma el proceso de redención. Redención implica luchar contra estructuras de opresión, liberación: hay que liberar de... Más aún, muchas veces no sólo hay que luchar contra los productos negativos que generan las estructuras, sino que hay que arrancar sus raíces, y según la tradición bíblico-cristiana, para ello hay que cargar con el pecado. A la redención le es inherente, entonces, la lucha contra el mal, no sólo desde fuera, sino también desde dentro, cargando con él.

La condición necesaria para esa redención es abajarse, aunque sea análogamente, al abajo de la historia .
No se puede estar abajo sin algún tipo de abajamiento real y de compartir realmente la pobreza.
Pero esto sí puede ocurrir análogamente. Puede haberinserción fáctica y acompañante en el mundo de los pobres, trabajo inequívocamente en su favor, aceptación de riesgos por defenderlos, sufrir su destino de persecución y muerte, participar en sus gozos y esperanzas. Estas son cosas reales, no intencionales.

Santidad primordial
El anhelo de sobrevivir en medio de grandes sufrimientos, los trabajos para lograrlo, con resistencia y fortaleza, desafiando inmensos obstáculos, lo llamamos la santidad primordial.
En medio de la tragedia, ellas, pobres y víctimas, cumplen con la llamada de Dios a vivir y dar vida a otros. Comparada con la santidad oficial, en ésa no se pregunta lo que hay de libertad o necesidad, de virtud o de obligación, de gracia o mérito. No tiene por qué ser la santidad acompañada de virtudes heroicas, sino la que se expresa en una vida toda ella heroica en un mundo hostil. Esa santidad primordial invita a la solidaridad, invita al gozo de ser humanos unos con otros. Y en ella se hace presente Dios. Esa santidad salva.

Kant distinguía entre “precio” y “dignidad” concluyendo que “lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene dignidad”.
En el mundo de la riqueza, aun con dignidad, predomina el “precio”, mientras que en el de la pobreza predomina la “dignidad”, aunque no sea más que por necesidad.

Muchas veces hemos hecho notar el agravio comparativo por el mero hecho de existir juntos el rico y la mujer pobre. Queremos añadir ahora la desmesura comparativa en dignidad de esta última con respecto al primero por el mero hecho de ser lo que son.
Y recordar las palabras de Jesús cuando, hablando del óbolo de la viuda, nos dice que ella dio todos sus recursos, mientras que los demás sólo echaban de lo que les sobraba. La diferencia fundamental no es la cantidad, sino la calidad.
Las mujeres empobrecidas no tienen dinero que dar, y -si dan- se dan a sí mismas. Por su mayor endeblez e indefensión su bondad parece ser de más quilates. Estructuralmente, en ellas se mantiene, mejor que en otros lugares, la reserva de dignidad de todo lo humano.
Correo electrónico
Contraseña
Recieve news about this website directly to your mailbox
Por favor, confirme el código de control "3366"
Pie de la página web
Name
Email
Comment
Or visit this link or this one