Autor de la página web

Autor de la página web

Información sobre el autor

Encabezamiento de la página web

Serra el Monje y el Misionero

SERRA EL MONJE Y EL MISIONERO
Atravesar fronteras, enfrentar conflictos

LA BUSQUEDA DE DIOS:

1. MISION COMO DESINSTALACIÓN

A los 11 años, Serra se quedo huérfano de padre y madre. Probablemente fue un tiempo sin consuelo, donde experimentó el abandono, la soledad, y todo lo cuestionó: ¿Dónde estaba Dios?
"A... ningún huérfano afligiréis, porque si tu llegas a afligirlos, y ellos claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor" Éxodo 22:22
Dios es Padre de huérfanos, refugio para los desamparados, que en la necesidad invocan su paternidad: “Invócame en el día de tu angustia; te libraré, y tu me honrarás." Salmo 50:15 “Me invocará, y yo le responderé, con él estaré yo en la angustia, lo libraré y le glorificaré”. Salmo 91:15

¿Cómo fue encontrado Serra por Dios?... Todos conocemos la historia. En su orfandad, Serra tuvo que salir por el mundo a la búsqueda de futuro. Uno de los datos más significativos de su vida fue la experiencia humana de la orfandad: muy pronto perdió a sus padres y fue educado en la primera infancia por otras personas. Sin modelos paternos cercanos, tuvo que buscar un horizonte propio en la vida. Y en esa búsqueda tuvo que hacer constantemente el esfuerzo de aventurarse en lugares y ámbitos poco conocidos.

Quizás lo más llamativo de esta vida de viajes, entrega en la misión, dificultades en la evangelización, conflictos y sufrimiento por las calumnias e intrigas que colocaban en su camino fue que Serra se vio constantemente tocando sus propios límites.

Dios nos encuentra precisamente donde nuestros límites nos impiden ya caminar. Solemos imaginar a Dios en lo grande, en lo maravilloso, en lo acabado, en lo perfecto. Pero no, más bien Dios se muestra en lo frágil, en lo que más nos cuesta asumir. Donde no llega la persona, ahí es donde se hace más presente Dios. Nuestros límites se convierten en teofánicos: sólo descalzos, nos acercamos a la zarza ardiente.

Serra pasó por una desinstalación geográfica que le llevó por distintos lugares del planeta. Además, la desinstalación de la distancia frente a la riqueza, los medios, y la seguridad de “las cosas”, el prestigio. La desinstalación del pasado y la inseguridad del futuro. Y, sobre todo, la desinstalación espiritual que le lleva a querer conocer permanentemente la voluntad de Dios en la vida.

El carisma benedictino es en esencia la Búsqueda de Dios, nace del deseo interior de "agradar solamente a Dios", concretizado en la oración litúrgica, en la lectio divina y en la oración personal, en el trabajo manual o intelectual y en el acogimiento a los huéspedes ” recibir y acoger a los pobres como si fuese el propio Dios”.

Serra asimiló esa sed por el Dios vivo que he hizo salir en búsqueda de la Fuente, abandonó siempre los lugares seguros y tranquilos, y enfrentó muchos desafíos.
Esa búsqueda constante de un Dios que no está fijo, vinculado a un lugar o situación determinada llevo a Serra a salir constantemente y apostar por lo nuevo, por lo desconocido.

Esa inquietud por encontrar y servir a Dios de la mejor manera posible recuerda mucho la experiencia del propio pueblo de Israel, para quien Yahvé no era un Dios sedentario, sino nómada. Pero ésta actitud peregrina conlleva el sentido de lo provisional, vivir el presente con un sentido de provisionalidad. Dios siempre es sorprendente y sorpresivo. Dios es sorpresa. Esta desinstalación será también uno de los rasgos del movimiento de Jesús.

Seguir a Jesús es también movimiento. Porque no se trata solamente de estar donde está Jesús, sino además de ir a donde va él. Y es que, él los llamó, no sólo para que estuvieran con él, sino además “para enviarlos” a predicar (Mc 3,14).
“Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20; Lc 9,58). Aquí no se trata tanto de la pobreza cuanto de la carencia de instalación, es decir, Jesús no está atado a un sitio, a una situación, ni tan siquiera como lo están los animales del campo o los pájaros del cielo. La condición de Jesús es pues, de total desinstalación.

Por lo tanto, el seguimiento de Jesús, es a la vez, cercanía a él y movimiento con él. Entonces, el que queda quieto o el que se para, deja por eso mismo de estar cerca de él. Porque Jesús nunca aparece instalado, sedentario y quieto; él es un carismático itinerante, que jamás se detiene, que siempre va en camino hacia delante, hacia el destino que le ha marcado su Padre y que termina en Jerusalén, donde muere por todos nosotros.

Los evangelios son elocuentes en este sentido y con frecuencia presentan a Jesús “en camino” (Mt 20,17.30; 21,7-8.19; Mc 2,23; 8,27; 9,33-34; 10,17.32.46.52; etc.).
“Seguir a Jesús” significa, por tanto, asemejarse a él (cercanía) por la práctica de un modo de vida como el suyo (movimiento), que tiene un desenlace como el suyo. La misión está por tanto incluida en el seguimiento.

Por lo tanto, no hay fe donde no hay seguimiento de Jesús; y no hay seguimiento de Jesús donde no hay movimiento.
Es decir, no hay seguimiento de Jesús donde no hay liberación de las ataduras que nos fijan a un sitio, a una situación, a una posición determinada, a una forma de instalación sea la que sea.

El seguimiento nos habla de desinstalación y de movimiento, disponibilidad. Por lo tanto, cuando no hay movimiento, no hay tampoco cercanía a Jesús; donde no hay disponibilidad, no hay libertad, ni puede haber seguimiento de Jesús. Seguir a Jesús es dejar el sitio donde se está, de dejar lo que se tiene, es salir y caminar. Por eso hay que decir que el enemigo número uno del seguimiento es el inmovilismo.
Cuando no queremos movernos, son nuestros intereses, miedos o cobardías que nos paralizan. Hay en el fondo una dosis fuerte de dependencia con respecto al pasado, un estancamiento en lo vivido. Esto brota del miedo a todo riesgo ante lo desconocido, lo nuevo, lo no experimentado. El inmovilismo en el fondo, es un miedo a la libertad y una falta de fe.

El cambio implica siempre una renuncia a ciertas seguridades que nos vienen del lugar, de la costumbre, de la rutina, de los convencionalismos, de lo conocido...

El cambio siempre implica un riesgo, un desplazamiento hacia lo desconocido, pero también implica una posibilidad de crecimiento y enriquecimiento.
Por lo tanto, debe estar inspirado por la búsqueda y la esperanza, pero también tiene que contar con la renuncia.

Actitudes del P. Serra “desinstaladoras” La pobreza como condición y estilo de vida. La pobreza misionera va más allá de las exigencias habituales de la pobreza en la evangelización, caracterizadas por la inserción entre los pobres, el estilo austero de vida y la opción solidaria por la causa de los oprimidos.
Pero hay además un empobrecimiento misionero inherente a su éxodo "en tierra extraña". Este empobrecimiento como actitud y como estilo de vida está exigido por el éxodo eclesial y el éxodo cultural.

Exige también un éxodo eclesial: La misión es abandonar la propia Iglesia (con su ambiente cristiano), para ir a reforzar otra Iglesia hermana debilitada, o para ir a implantarla, como signo del reino, ahí donde todavía no existe.
En todo caso no hay éxodo misionero sin abandonar las formas de una Iglesia establecida o de evangelización convencional, para ponerse al servicio de otro modelo de Iglesia, cuyos términos y estilo de acción son dados por otros.
Al ponerse al servido de otra Iglesia, el misionero debe morir, debe empobrecerse en todo aquello que le impide ver, sentir y actuar al servicio de otra realidad cristiana.

Y debe haber también un éxodo cultural: La misión es abandonar la propia cultura, con la simbología e interpretación cristiana que ella conlleva, para insertarse en otra cultura. De ahí la exigencia de un "empobrecimiento cultural" para el misionero, no en el sentido que haya de despojarse de los valores de su cultura de origen, sino en el sentido de liberarse de los condicionamientos de su cultura que le impiden percibir la presencia del Espíritu y los caminos propios del evangelio en la cultura "extraña" a la cual fue a servir.

La pobreza misionera, como toda otra forma de pobreza evangélica, es un riesgo en la esperanza. Es un salto al vacío apoyado en la fe de la Iglesia.
El éxodo misionero da miedo. Como dio miedo a los misioneros profetas del Dios de Israel, arrojados por su Señor en tierras de exilio para mantener ahí viva la fe en la promesa.
La pobreza en la misión es aceptar las crisis de inseguridad y del "nacer de nuevo" de tantas maneras, sin perder la identidad cristiana. El empobrecimiento misionero requiere mucha madurez.

2. MISIÓN COMO APERTURA A LO DESCONOCIDO (descubrir a Dios donde Él es percibido de otro modo)
En la vida de P. Serra: comprensión nueva y distinta de misión: no tanto en el sentido de “conquista”, como si fuera su primer objetivo ganar a las personas para Dios, sino como búsqueda de Dios, con la primera meta de descubrir a Dios donde no es percibido, o mejor dicho, donde se le percibe de otro modo. Misión en este sentido sería apertura hacia lo desconocido, un viaje al extranjero que nos hace ser extraños a nosotros mismos.

Sin duda Serra emprendió ese viaje consciente de tener una buena noticia para otra gente. Sin embargo, el movimiento misionero tiene una motivación más fuerte en la propia búsqueda y apertura frente a Dios.
La propia noción que Serra tenía de la Divinidad va a confrontarse, y a remodelarse con la idea de Dios y de lo Sagrado que tenían los aborígenes y que tenían las mujeres con las que se deparó en el Hospital San Juan de Dios.

Dios es a la vez íntimo y extraño, alejado y cercano, repetidamente desconocido y asequible en las experiencias y las imágenes de la Biblia, que contiene algo así como puntos de orientación.
Muchas veces estamos en peligro de ver unilateralmente: o sólo el lado extraño de nuestro Dios, o sólo nuestro conocimiento de él.

Misión: descubrimos la tensión entre el Dios intimo y el absolutamente otro, cercano y extraño a la vez.
Es ese otro el que nos hace cada vez más conscientes de quiénes somos, y es el otro el que nos muestra que dios es inmanipulable, que no se ajusta necesariamente a nuestros padrones e ideas.
La presencia de aquel que representa una auténtica alteridad hace que el individuo pueda ser conciente de las estructuras que le conforman; de sus mecanismos de defensa o sus debilidades. En muchos casos los “valores” desde los cuales la vida tiene un sentido, suelen remecerse y el sujeto se ve obligado a negar, ocultar mediante autoengaños de toda índole para evitar esa disonancia.

Pasamos tanto tiempo en el seno de la familia, de las mediaciones educativas o de los sistemas que nos llevan a estar incluidos en una “legitimidad” y reconocimiento social, que cuando todo aquello se confronta con elementos diferentes nos sentimos atacados.

La experiencia con lo otro puede sentirse en las esferas más profundas de nuestra raíz humana, al punto de no entender cómo algo que sea diferente pueda tener un espacio en lo Real.
Entonces lo anulamos, lo negamos o simplemente, lo “traducimos” de modo que pueda “integrarse” para sacarnos de ese vértigo que en todo humano produce lo incomprensible.

El deseo de “uniformidad” que se oculta tras nuestra resistencia a aceptar lo diferente nos conduce a sueños utópicos, ideologías, negaciones y conformismos que desdicen el proyecto de una vida que debe de algún modo, ser asumida como un “combate espiritual”.

Se trata pues de aceptar el conflicto sin caer en la tentación del poder o de su opuesto, el miedo que concede o tolera aquello que es inaceptable.

Escrituras: es casi siempre el otro el que termina por revelar el rostro de Dios. Desde un principio, bajo la figura de personajes venidos de fuera se le revela a Abraham parte de su destino (Gen. 18, 1-15).
Es más, la misma figura de un Dios que se encarna, haciéndose extraño para sí mismo, nos dice de modo concreto que lo humano no puede entenderse sin la profunda relación con lo Otro de sí. Que eso nos coloque muchas veces en conflicto, es algo que no podemos evitar.

Clave de existir: ir asumiendo de a pocos que más vale asumir los conflictos que el encuentro con lo Otro nos suscita, antes que simplemente evacuarlos o dejarnos invadir por la violencia que produce de muchas maneras, su negación o rechazo frontal.

3. MISION como transitar fronteras
Las fronteras son espacios, poco definidos en su mayoría, que “tenemos colocados delante” (Diccionario de la RAE), normalmente atravesarlos implica algunos riesgos.

Salir del propio territorio siempre provoca un cierto temor a la inseguro, por muchos mapas que tengamos no son territorios recorridos y eso provoca inseguridad.
Cuando se nos invita a situarnos y explorar fronteras se nos supone con capacidad para asumir riesgos. Estas fronteras no son geográficas son culturales, sociales, religiosas, económicas… están presentes en todas las dimensiones de nuestra vida apostólica

La invitación a la frontera: llamada a salir de lo conocido, a vencer perezas y rutinas, a dejarse cuestionar por lo que se percibe como amenaza, a escuchar los temores que nos pueden paralizar, es una invitación a equivocarse y corregir, es un ejercicio de libertad y de coraje, es hacer verdad la Buena Noticia de Jesús.
Hay fronteras ocultas e irrelevantes, fronteras que no están mapeadas, que sumergen en el anonimato y llevan a los rincones en donde se pone en juego la dignidad de millones criaturas.

Ahí recibimos la llamada al reconocimiento del “otro”, de lo distinto, a disolver esas fronteras excluyentes y a crear espacios de comunión, de mesa compartida, generando territorios sin líneas divisorias étnicas, de género o de procedencia, y también sin líneas divisorias creadas por sensibilidades culturales y religiosas diversas

No podemos tender puentes sino estamos profundamente persuadidos de que vale la pena de verdad que se encuentren los que están en ambas orillas.
Tenemos que disponernos a esa mesa compartida, no vivirla como amenaza, los miedos a la perdida de la propia identidad, en grupos, instituciones o incluso dentro de la Iglesia, están siendo tremendamente paralizantes.

El sufrimiento diluye las fronteras del propio amor, querer e interés, diluye las fronteras de un “yo” seguro de si mismo e impasible para adentrarse en la Comunidad Compasiva con los sufrientes y con la vulnerabilidad de la condición humana.
No hay posibilidad de concebir el amor sin sufrimiento por las personas que se quiere.

Una espiritualidad que no traspasa la frontera y los límites de lo que cada cultura nos dice hoy sobre la condición humana no es cristiana.
El mundo pone fronteras y limites muy precisos al “yo”: sé exitoso, no muestres debilidad, busca éxito, no te impliques, cuida tu bienestar, la salud cuídala a costa de lo que sea… un “yo” diseñado y fabricado para ser fuente de beneficios para todo tipo de industrias que trafican con lo humano, Jesús desde el reverso de los limites establecidos por el mundo nos muestra que la gracia está en el fondo de la pena. Sólo un yo des-vivido vive, pasar esta frontera de vértigo tan sólo lo podemos hacer con la fortaleza que nos da el Santo Espíritu.

4. MISIÓN COMO NECESIDAD DE ASUMIR EL CONFLICTO: NECESIDAD DE PRESENCIA PUBLICA
El Dios de P. Serra es un Dios que le invita a correr riesgos, tomar partido, a defender vehementemente aquello en lo que cree. Lo demostrará durante su época de misionero en Australia, y mucho más en su retorno definitivo a España. Y lo demostró precisamente en situaciones de conflicto y crisis personal y también de crisis institucional y social

P. Serra se atrevió a hacer opciones y actuar vida publica. Osó hacer “exterior” su vida “interior”. A veces cometemos el error de reducir vida “espiritual” a vida “interior”. La vida espiritual comprende lo “interior” y lo “exterior”. Es un modo de vivir lo “exterior” animado e iluminado por lo “interior”.
Confusión: la que identifica “interioridad” con mirar hacia dentro. Interioridad es vivir desde dentro, pero vivirlo todo; lo contrario a la interioridad no es la exterioridad, sino la superficialidad. Interioridad no es el simple, y narcisista, mirar hacia dentro, sino “conectar” con mi verdad interior, para desde ahí situarme en la vida.

Situación de crisis es situación de intemperie. Tentación es meterse hacia dentro, no salir fuera, resguardarse en mi interior….Es en las situaciones de crisis cuando más necesaria es la palabra y la participación de las personas con “interioridad”.
Teresa de Jesús ya decía en el siglo XVI que la espiritualidad había que vivirla “en las ocasiones y no en los rincones”. Y la tentación de las situaciones de intemperie es ir “por los rincones”.

Estamos suficientemente presentes con nuestra opinión, con nuestros interrogantes, con nuestras propuestas en los ámbitos de opinión y discusión económicos y sociales?
Nuestras convicciones interiores... tienen reflejo y presencia exterior en un momento en que la sociedad en general, y las que más sufren las consecuencias de la crisis en particular, tienen necesidad de que así sea?

Presencia pública es, sin duda, riesgo y conflicto.
Tenemos miedo al conflicto, tenemos ataduras personales e institucionales con personas e instituciones a las que pueden molestar nuestras palabras y tomas de postura y quizá pensamos que no vale mucho la pena asumir riesgos por quienes en caso de conflicto poco pueden hacer por nosotros

Demasiadas veces, la espiritualidad ha justificado posturas de inhibición y cobardía de la peor manera posible: diciendo que, al fin y al cabo, lo nuestro es lo interior, o que el espacio donde se ha de exteriorizar y compartir nuestra interioridad es sólo el espacio acogedor y protegido del templo o del círculo cristiano y que lo social o lo económico o lo político, la plaza pública en definitiva, son espacios en los que no tenemos nada que decir.
Quizá no tengamos, muchas veces, una palabra técnica que decir, pero siempre se espera de nosotros una palabra de humanidad: porque estadísticas, números, porcentajes… son al final personas y sufrimiento de personas.
Y sobre eso no sólo podemos, sino que debemos decir.

Jesús no solamente predicó al Dios verdadero. También combatió y desenmascaró toda imagen falsa de Dios. Muchas veces nos fijamos sólo en la primera parte y corremos el riesgo de intentar apoyarnos también nosotros en falsas divinidades. Al Dios verdadero se le conoce también por contraste con las falsas divinidades.
El Dios en el que creyó Jesús era muy distinto al Dios de la religión oficial de su tiempo. La experiencia de Dios que tuvo Jesús hacía saltar los esquemas religiosos de su época, los tabúes, las normas legales y los grupos sociales.
Su revelación de Dios fue un escándalo tan grande para muchos de sus contemporáneos, que le llevó a la muerte; ellos creían que Jesús hablaba ignominiosamente de su Dios.

Más tarde, los primeros seguidores de Jesús no tendrían inconveniente en que se les llamase "ateos", porque verdaderamente ellos no creían en los dioses de la religión oficial.

P Serra también se encontró con la necesidad de defender su visión del Dios de la Vida ante otras perspectivas distintas.
Nadie puede dejar de reconocer la honradez y el coraje de su postura, aunque para eso tuviera que pasar por descalificaciones y graves problemas.
En una sociedad y en una institución como la que vivió (en muchos aspectos no muy distinta de la nuestra) donde solo prospera quien se mantiene sumiso a los poderes y valores dominantes, no crea conflicto, y procura tener palabras amables para todas las partes, Serra fue tremendamente contracultural.
Correo electrónico
Contraseña
Recieve news about this website directly to your mailbox
Por favor, confirme el código de control "3366"
Pie de la página web
Name
Email
Comment
Or visit this link or this one