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Imágenes De Dios En Serra

IMÁGENES DE DIOS

Toda persona lleva en si misma el misterio y ese misterio es mayor que ella misma. En el origen de la palabra misterio esta la palabra mística, pasión por la vida en su sentido más pleno. Y a su vez, en el origen de ese misterio, está un ser a quien nos atrevemos a llamar Dios-con-nosotros porque así es como lo hemos experimentado en la historia.

Preguntarse por las imágenes de Dios no es exactamente lo mismo que atreverse a imaginar a Dios. La fuerza de la forma verbal “imaginar” es inmensamente mayor y más creativa que la forma sustantiva “imagen” que suena mucho más estática y acabada (Lucia Weiler)
De hecho, imaginar es una de las condiciones indispensables para captar el lenguaje del misterio y entrar en una espiritualidad dinámica a la búsqueda de Dios.

Torres Queiruga dice: Dime como es tu visión de Dios y te diré como es tu visión del mundo; dime como es tu visión del mundo y te diré como es tu visión de Dios. Teología y visión del mundo se influencian mutuamente, pero también hay una estrecha relación e interacción entre antropología y teología. Dime que Dios tienes y te diré que persona eres.

¿Qué entendemos por imágenes de Dios

Introducción
Las imágenes de Dios tradicionales y la necesidad de cambios.
Las antiguas imágenes de Dios, hoy se revelan limitadoras para la espiritualidad de nuestros días. Frente a esto observamos como el camino espiritual la vida del P. Serra nos ofrece pistas para descubrir rostros de Dios que sean significativos hoy y nos ayuden en este tiempo de transformaciones.
No miraremos tanto el lenguaje de P. Serra sobre Dios sino sus actitudes vitales.

3 momentos:

P. Serra monje y misionero:
Ponerse en movimiento, salir de sí, disponibilidad, capacidad de enfrentar el conflicto
Dios nómada (transita fronteras), pedagogo, en lucha con el anti-reino
Misión

P. Serra fundador:
Abajarse, descender, acoger el sufrimiento de los otros
Dios encarnado en las victimas, en las excluidas de la sociedad y la historia
Redención

P. Serra en el desierto de las Palmas:
Entrega, abandono en Dios, asumir el propio sufrimiento
Dios ausente, Dios que se esconde,
Oblación

IMAGENES DE DIOS:

Las imágenes de Dios vigentes en los últimos siglos y aún muy presentes actualmente resultan alienantes y opresoras.
Y cada para desprendernos de esas imágenes y conocer el verdadero rostro de Dios tendremos que recorrer un camino de desinstalación, abajamiento y entrega confiada, el mismo camino que hizo P. Serra a lo largo de su vida.

No hay otra manera de imaginarnos a Dios (o hablar de Dios) sino a través de metáforas o símbolos de nuestra realidad humana (social o cultural).

Aunque manejemos un lenguaje que puede ser común, como "Dios Padre", las imágenes que empleamos adquieren un significado muy particular, que resulta de una interacción con la cultura en la que estamos inmersos y del lugar que ocupamos dentro de ella.

La teología y la iglesia hacen parte de un todo más amplio, como son los paradigmas y estructuras sociales de tipo patriarcal, que han predominado y caracterizado principalmente a Occidente.

Nos interesa, en particular, ver en un primer momento la manera cómo las imágenes hegemónicas que tenemos sobre el mundo adulto en las sociedades patriarcales han influenciado en la manera como nos "imaginamos" a Dios en la teología y en las iglesias.
Para confirmar lo que decimos, basta analizar las predicaciones, la catequesis, el testimonio, las leyes, las normas, etc.
Estas imágenes de Dios, a su vez, han influido directa o indirectamente en la conformación de ciertos imaginarios predominantes sobre todos nosotros

LA IMAGEN PREDOMINANTE DE DIOS EN EL OCCIDENTE CRISTIANO:

Velázquez
Murillo
Ribera
Durero
Rubens

Este mundo nuestro depende absolutamente de otro mundo, al que se lo piensa y representa de acuerdo al modelo nuestro

En la visión cristiana, esto significa que estaría gobernado por un Señor divino, lleno de poder (en el politeísmo esto sería una sociedad de señores), como era usual en la sociedad de antaño, con una corte de cortesanos y servidores, lo que en el modo cristiano se traduce por santos y ángeles.

Este Señor Todopoderoso dicta leyes y prescripciones, vela por que éstas se cumplan con exactitud, amenaza, castiga y ocasionalmente perdona.
Espontáneamente se piensa que ese mundo está colocado «sobre» el nuestro, por eso se lo llama sobrenatural y también cielo, aunque en un sentido distinto al del firmamento. En ese mundo de arriba se sabe y conoce todo, hasta lo más recóndito. Cualquier conocimiento humano es inferior en comparación con aquél.

Felizmente, de vez en cuando ese mundo nos comunica lo que él considera que es indispensable saber, y no podríamos descubrirlo por nosotros mismos.
La buena voluntad, al menos latente, de aquel mundo de arriba fundamenta, a la vez, la esperanza de que -mediante plegarias humildes y dones- lograremos conseguir una parte de las innumerables cosas que necesitamos y no podemos alcanzar con nuestras propias fuerzas.
De ahí las súplicas y el cumplimiento de promesas, sacrificios y dones, como también otros intentos por captar el favor de los gobernantes, especialmente cuando se tiene temor de haber provocado su ira.

Este miedo es uno de los múltiples signos que revelan la representación que nos hacemos de Dios, como un poderoso, fácilmente irritable y siempre temible, de acuerdo con el modelo humano.

Por otro lado, ese otro mundo promete felicidad eterna en los patios celestiales, a quien haya hecho méritos mediante sus buenas obras así es como lo imaginan cristianos y musulmanes-

Desde la perspectiva religiosa tradicional Dios es omnipotente, providencial e intervencionista. Actúa constantemente en la naturaleza y en la historia, bendiciendo y castigando, con lo que los acontecimientos naturales y los eventos de la vida siempre se ven desde la presunta perspectiva divina.
El problema, sin embargo, es que, muchas veces, al bueno le va muy mal y el malvado prospera, con lo que no queda muy claro cuándo, cómo y por qué Dios interviene.

CATECISMO DEL P. ASTETE

Quién es Dios nuestro Señor? R: Es una cosa lo más excelente y admirable que se puede decir ni pensar, un Señor infinitamente Bueno, Poderoso, Sabio, Justo, Principio y fin de todas las cosas, [premiador de buenos y castigador de males].
Cómo es Dios todopoderoso? R: Porque con sólo su poder hace todo cuanto quiere.
P.: ¿Cómo es Criador? R: Porque todo lo hizo de la nada.
P.: ¿Y para que fin ha criado Dios al hombre? R: Para servirle en esta vida y después gozarle en la eterna.

Aparte de que ver los acontecimientos desde la clave divina, como bendiciones y castigos, lleva a la pastoral del terror, el miedo al castigo divino, que tanto peso ha tenido en el cristianismo.
Además el dios intervencionista se presta a una religiosidad mágica e interesada, en la que la relación con Dios carece de gratuidad, ya que se buscan “mercedes” y no a Dios mismo. Y finalmente, favorece también la resignación y el fatalismo, desde el “está escrito” al “es la voluntad de Dios”, que lleva, a veces, a la inhibición y la huida de las propias responsabilidades.

LIMITACIONES DEL MODELO MONARQUICO DE DIOS:

Esta imagen es tan predominante que muchas veces no se la reconoce como tal imagen (forma natural).Tampoco se percibe inmediatamente su carácter opresivo.

«Dualismo asimétrico» entre Dios y el mundo, en el que ambos son únicamente parientes lejanos, y todo poder-bien sea como dominación, bien como benevolencia- está del lado de Dios.
Mantiene la idea de Dios como un ser que existe en algún lugar fuera del mundo y lo gobierna desde el exterior, ya sea directamente mediante su divina intervención, ya indirectamente mediante el control de las voluntades de sus súbditos

Crea sentimientos de temor en los corazones de los súbditos leales, y así mantiene su «divinidad»; pero estos sentimientos son contrarrestados por otros de miedo abyecto y humillación: en este cuadro, Dios sólo puede ser Dios si nosotros no somos nada.

La idea de salvación que acompaña a esta idea es sacrificial, la expiación sustitutoria, y en la clásica interpretación anselmiana de ese concepto predominan las imágenes de soberanía.
Puesto que somos totalmente incapaces de ayudarnos a nosotros mismos, debemos estar totalmente a merced de su solicitud.
No sólo somos perdonados por nuestros pecados, quedando así reconciliados con nuestro Rey, de nuevo como leales vasallos, sino que podemos esperar también un futuro en el que nos reuniremos con él en su reino celestial.

Esta representación anacrónica, pervive a pesar de sus limitaciones, debido a su fuerza psicológica: nos hace sentirnos bien con Dios y con nosotros mismos. Inspira fuertes sentimientos de temor, gratitud y confianza hacia Dios y genera en nosotros un satisfactorio impulso, desde la culpa execrable, hacia el alivio gozoso.

Incapacidad de este modelo, como estructura imaginaria, para ayudar a una comprensión del evangelio en tanto que visión desestabilizadora, inclusiva y no jerárquica de plenitud para toda la creación.
Tres grandes fallos: Dios se mantiene distante del mundo, se relaciona sólo con el mundo humano y controla ese mundo mediante el dominio y la benevolencia.

Dios se mantiene distante del mundo
La relación de un rey con sus súbditos es necesariamente distante: la realeza es «intocable».
Dios como rey está en su reino -que no es de este mundo-, y nosotros estamos en otro lugar, lejos de su morada. En esta representación, Dios no tiene mundo, y el mundo no tiene Dios: el mundo está vacío de la presencia de Dios, pues es demasiado humilde para ser residencia real.
El tiempo y el espacio no están llenos de Dios. Lo que hacemos por el mundo no es, en definitiva, importante en este modelo, pues su soberano no lo habita como primera residencia, y sus súbditos están advertidos de que tampoco se comprometan demasiado con él.
El poder del rey se extiende sobre el universo entero, pero su ser no: se relaciona con él externamente, sin formar parte de él, manteniéndose como esencialmente diferente y distante.
La aplicación a Dios de metáforas triunfalistas y regias tiene consecuencias
La idea de un Dios distante del mundo y sin compromiso alguno con él.
El verdadero reino de Dios es de otro mundo: Cristo es resucitado de la muerte para unirse al Padre soberano -como también lo seremos nosotros- en el reino verdadero. El mundo no es autoexpresión de Dios: el ser, la satisfacción y el futuro de Dios no están conectados con nuestro mundo.
Los reyes no tienen por qué amar -y habitualmente no lo hacen- a sus súbditos o su reino; lo más que se espera de ellos es que sean benevolentes.

Dios se relaciona sólo con el mundo humano
Pero tal benevolencia se extiende únicamente a los seres humanos; en el modelo monárquico no existe preocupación por el cosmos, por el mundo no humano.
Deja fuera a nueve décimas partes de la realidad.
No se criaron modelos alternativos. La tendencia fue, más bien, la de elaborar otros modelos en su misma línea, como resulta evidente en el modelo de Dios como padre.
Éste podría haber ido en la dirección del modelo padre-madre (y ése es, claramente, su sentido en el Nuevo Testamento), con las ideas asociadas de sustento, solicitud, guía, preocupación, y autosacrificio; pero, bajo la poderosa influencia del modelo monárquico, el padre-madre se convierte en patriarca, y los patriarcas actúan más como reyes que como padres: gobiernan a sus hijos y les exigen obediencia.

Su antropocentrismo :el clásico énfasis en la Palabra de Dios.
El modelo monárquico y la tradición oral se conjugan de forma natural, pues los reyes dan órdenes, y los súbditos obedecen; pero el modelo no ofrece un lugar para las criaturas que no pueden escuchar ni obedecer.

Una interpretación del cristianismo que se centre en oír la Palabra, en escuchar la Palabra predicada o en leerla en la Escritura que la contiene, es una tradición limitada a los seres humanos, pues sólo éstos poseen lenguaje.
Una tradición visual es, sin embargo, más inclusiva: si Dios puede estar presente, no sólo en lo que se oye, sino también en lo que se ve, entonces, potencialmente, todas y cada una de las cosas del mundo pueden ser símbolos de la divinidad.

Si tenemos en cuenta los otros sentidos -el olfato, el gusto y el tacto-, se abre al mundo en su totalidad: no sólo las palabras son expresión de la presencia salvífica de Dios, sino que todo puede serlo.
No es, pues, un libro la Escritura, lo único que constituye el medio específico de la presencia divina, sino que también el mundo es morada de Dios.
Una visión inclusiva del evangelio debe incluir al mundo. El modelo monárquico es totalmente antropocéntrico y excluye modelos alternativos

Dios controla ese mundo mediante el dominio y la benevolencia
Este modelo antropocéntrico es también dualista y jerárquico.
El dualismo del rey y los súbditos es intrínsecamente jerárquico y propicia un pensamiento jerárquico y dualista, como el que ha alimentado numerosas formas de opresión, incluidas (además de la que los humanos han ejercido sobre lo no humano) las que surgen de las oposiciones masculino/femenino, blanco/de color, rico/pobre, cristiano/no cristiano y mente/cuerpo.

El modelo jerárquico y dualista está tan extendido en el pensamiento occidental que, habitualmente, no se le percibe como tal, sino que se piensa que ésa es, simplemente, la forma de ser de las cosas.
A muchos les parece natural que los varones, los blancos, los ricos, los cristianos y la mente sean superiores; y sugerir que han sido los seres humanos, bajo la influencia de poderosos modelos dominantes, como el monárquico, los que han construido esas jerarquías dualistas es, para esas personas, algo difícilmente creíble.

El modelo jerárquico y dualista está tan extendido en el pensamiento occidental que, habitualmente, no se le percibe como tal, sino que se piensa que ésa es, simplemente, la forma de ser de las cosas.
A muchos les parece natural que los varones, los blancos, los ricos, los cristianos y la mente sean superiores; y sugerir que han sido los seres humanos, bajo la influencia de poderosos modelos dominantes, como el monárquico, los que han construido esas jerarquías dualistas es, para esas personas, algo difícilmente creíble.

En este modelo, Dios controla ese mundo a través de una combinación de dominio y benevolencia.
La acción de Dios es una acción sobre el mundo, no en el mundo, y es un tipo de acción que inhibe la responsabilidad y el crecimiento humano. (Tal acción representa la clase de poder que oprime -y realmente esclaviza- a los otros;). Lo que es igualmente importante, aunque menos obvio, es que el modelo monárquico implica un tipo de actividad divina estimula la pasividad por parte de los seres humanos.

La imagen de soberanía alienta las actitudes de control y utilización del mundo no humano. La Naturaleza puede destruir y destruye, pero no está en situación de destruirlo todo, como podemos hacer nosotros.
Si somos capaces de extinguirnos a nosotros mismos e incluso a la mayor parte de las formas de vida, si no a todas, debe reconocerse que las metáforas que apoyan actitudes de distanciamiento y dominación respecto a otros seres humanos y a la vida no humana son peligrosas
¿Qué atención cabe prestar a unas metáforas de la relación Dios-mundo que fomentan, por parte de los seres humanos, actitudes destructivas respecto a sí mismos y al cosmos que sustenta toda vida? Si el núcleo del evangelio cristiano es el poder salvífico de Dios, las metáforas triunfalistas no pueden expresar esa realidad en nuestro tiempo, por más adecuadas que puedan haber sido en el pasado.

Y este hecho no cambia aun cuando el poder de Dios sea entendido como benevolencia más que como dominio.
Ello implicará que todo está bien, que el cuidado del mundo no precisa ninguna ayuda de nuestra parte. El rey, en tanto que soberano dominante, alienta actitudes de militarismo y destrucción; el rey, como patriarca benevolente, estimula actitudes de pasividad y efusión de la responsabilidad.
Podemos descansar confortablemente, en la seguridad de que nuestro poderoso Señor se enfrentará con todo el mal, presente y futuro, de la misma manera que lo hizo siempre. Esta visión de la benevolencia de Dios invalida cualquier tipo de esfuerzo humano.

CONCLUSIONES:

No hay cosa más nefasta que una mala imagen de Dios. Detrás de muchos conflictos humanos y psicológicos subyace un problema religioso. Tener malas imágenes de Dios es una enfermedad espiritual que debe ser tratada.
No siempre es cierto que creer en Dios sea un elemento liberador de las capacidades humanas. Muchas veces (demasiadas) la creencia es alienante, generadora de temores, represiones y escrúpulos de todo tipo. A veces Dios es una carga demasiado pesada, anuladora de la identidad humana, un rival ante el cual es inútil oponer resistencia.

Otra cosa muy distinta es cuando asumimos que la historia es nuestra, que el hombre es el agente, y que Dios actúa en cuanto que inspira, motiva e interpela, sin desplazar el protagonismo humano.
Dios interviene en la historia desde personalidades que se convierten en “las manos de Dios”, en sus testigos.
Ante los sufrimientos naturales y sociales hay que preguntarse qué es lo que hacen los hombres, y en concreto interpelar a los cristianos a ver cómo responden a los acontecimientos

Hay que asumir la soledad histórica de la libertad y la responsabilidad, sin descargarla en Dios, para desde ahí luchar contra el mal.
No hay que olvidar nunca el grito cristiano del ‘¿Dios mío, dios mío, por qué me has abandonado?’, que es la otra cara de un Dios que no interviene para parar la injusticia, a costa de la autonomía humana.

¿Qué queda entonces del Dios omnipotente y providente? No la imagen del que todo lo puede a costa de la libertad humana, sino la del Dios que se identifica con las víctimas, que se siente concernido con el sufrimiento, y que inspira y motiva al hombre para que éste le ayude a luchar contra el mal.
Hay que “ayudar a Dios”, para que el bien pueda surgir del mal, para que el sufrimiento genere solidaridad, en lugar de endurecimiento y deshumanización, y para que no se pierda la confianza y el sentido de la vida.

La Sagrada Escritura, la Tradición y teología actual, nos ofrecen otras imágenes de Dios, distintas las predominantes que precisamos recuperar

Es poco lo que puede hacer Dios sin el hombre, por lo menos desde la perspectiva cristiana de un Dios encarnado que se revela como tal en el crucificado y cuya suerte forma parte de las de las víctimas de la injusticia que recorren toda la historia.
Al reconocer a Dios en Jesús, no sólo redimensionamos la imagen de Dios, sino también asumimos responsabilidad por las víctimas. Por eso, la gran pregunta ante el sufrimiento sería dónde está la Iglesia y los cristianos, porque Dios sabemos dónde está, con los que sufren y no con los opresores. Dios no es neutral ni imparcial, su lugar está entre las víctimas y sus testigos son los solidarios con éstas, sean creyentes o no.

Por eso no son los criterios religiosos los que deciden con quién está Dios, sino el ‘tuve hambre, sed, etc’ y el protagonismo de cada uno.
El Dios cristiano no es el griego que siente envidia de los hombres y castiga a Prometeo. La concepción cristiana de la vida no está marcada por el dios milagrero, al que tienden todas las religiones, sino por el Dios encarnado que garantiza la libertad responsable.
Vivimos en un mundo imperfecto, inacabado y en el que la naturaleza es, a veces, una amenaza y una fuente de violencia y muerte.

Es pues una necesidad teológica y antropológica cambiar nuestras imágenes de Dios, es también una condición para la supervivencia del genero humano y del propio planeta
Existe además la urgencia pastoral: la aceptación o no de Dios depende también en gran parte de la imagen que de él presentamos en la esfera pública, hasta el punto de que la cuestión determinante tal vez ya no sea si se cree o no en Dios, sino en qué Dios se cree.
Cambiar las imágenes de Dios comporta modificar nuestra forma de vida.

El itinerario espiritual de P. Serra muestra una evolución, una facilidad para dejarse sorprender por el Dios siempre mayor, una capacidad para dejarse transformar y dar respuestas nuevas a las situaciones que iba encontrando.
Vamos a detenernos de un modo especial en algunos momentos claves de la vida de nuestro fundador, constatando cuales eran las líneas de fuerza de su espiritualidad, las imágenes de Dios que le impulsaban. Pero sobre todo vamos a observar su capacidad de atención a los signos de los tiempos, su flexibilidad para encontrar caminos nuevos, su docilidad al Espíritu.

Nos detendremos en los contenidos de cada una de esas imágenes, pero nos detendremos con más detalle en el significado de ese itinerario, en lo que hace posible esa evolución: la atención a la realidad, la flexibilidad, la capacidad de leer los señales de los tiempos.
Y procuraremos descubrir que pistas nos da ese modo de ser de P. Serra para nuestras realidades concretas en cada lugar del mundo en pleno s. XXI. No se trata de imitar y repetir hoy aquellas imágenes de Dios y los rasgos de su espiritualidad, sino de asumir su modo de ser fiel a su tradición religiosa pero osado al mismo tiempo al configurar un nuevo modo de ser.
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