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El Dios Ausente. El Dios Crucificado

EL DIOS AUSENTE; EL DIOS CRUCIFICADO


Introducción

Al P. Serra le corresponde en la última etapa de su vida pasar por una situación de extrema dureza. Delante de la orden de no vivir en los Asilos de las Oblatas, recibida de Roma, él se retira para el Desierto de Las Palmas.

A los graves problemas derivados de su maltrecha salud, ahora agravándose, se unía el sufrimiento moral. Sufrimiento de verse apartado de la obra que la que había empeñado su vida; sufrimiento de verse “desterrado”, sin posibilidad de defensa, después de luchar durante toda su existencia contra calumnias, divisiones y ataques inmisericordes; En ese desierto tuvo que aprender a aceptar sus limitaciones, a soportar el dolor, a verse dependiente, a ir entregando confiadamente su vida en las manos de ese Dios que le fue llevando de la mano.

Según Andre Louf el camino hacia Dios pasa siempre por la experiencia de la propia nada. , Hacer un camino de espiritualidad en la debilidad supone avanzar con la práctica de lo que nos toca hacer todos los días sabiendo que vamos hacia el punto límite de encuentro con aquello que en nosotros es absoluta fragilidad

No para quedarnos desvalidos delante de la vida sino porque solo desde este lugar de conciencia clara de nuestra flaqueza podemos dejar que Dios haga de lo que mejor sabe hacer, de Dios.

Un lugar espiritual : el desierto
A Serra le tocó vivir ese último año en el llamado desierto de las Palmas en Castellón. Independientemente de lo que la geografía de ese lugar manifieste, la vivencia interior que atravesó en él sin duda tuvo que ser una autentica experiencia de desierto. ¿Qué es ese desierto?

Moisés, Elías y otros profetas, el Bautista y el mismo Jesús preparan su misión en el desierto y regresan a él en ciertos momentos.
El desierto, más que un lugar, es un símbolo bíblico. Por un lado, el desierto es el lugar de la soledad y de la pobreza, donde el corazón se purifica, se desenmascaran los ídolos y se realiza el encuentro denso y exclusivo con Dios. Es el lugar de la contemplación cristiana.
Por otro lado, el desierto es símbolo de la esterilidad y dureza del corazón humano, a donde el profeta es enviado. El Bautista "predica en el desierto"; evangeliza en una sociedad pecadora.

El desierto es el lugar donde Dios, aparentemente ausente, está más cerca, porque no hay nadie más.
Si bien es verdad que Dios ayuda siempre, también lo es que aparece de forma más clara donde más se le necesita. Como dice Gregorio de Nisa, al que se encuentra en una situación extrema, le parecen pequeñas las ayudas que Dios les ha ido dando, y entonces tiene lugar la manifestación del Ser trascendente, «que se muestra de un modo en que pueda ser captado por quien lo recibe».
Ningún otro lugar existe en el que las tentaciones se presenten de forma tan clara como el desierto; ninguno en el que nuestra fe se ponga a prueba de manera tan clara; y ninguno en el que los asideros posibles hayan desaparecido tan palpablemente.

El desierto es una oportunidad, que exige hacer un proceso no siempre fácil. Es necesaria una pedagogía para vivir nuestra fe en tiempos en los que a Dios no se le entiende ni se le encuentra ni se le comprende con facilidad.
Hay algo en la metáfora del desierto que hoy es vital recuperar: el abandono en Dios aun en momentos de dificultad, de no ver...

Tenemos que recuperar la importancia y la bondad de las crisis, de las noches oscuras (pequeñas o grandes), de las luchas espirituales para poder encontrarnos con Dios.
Tenemos que desarrollar ojos nuevos para comprender que el desierto no es una losa que imposibilita toda salida, sino un camino que lleva a la tierra de promisión.


Frente a la idea de que la vida de Jesús fue un camino triunfal hacia una meta que ya era conocida por él desde el principio, creo que es bueno subrayar que toda la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte, fue una entrega hasta el final desde un amar a fondo perdido; y lo hizo basándose únicamente en una fe pura .
Decir «fe pura» supone, por eso, decir confianza sin límite, y supone también decir ausencia de apoyos sin límite; y estas dos realidades al mismo tiempo. Jesús vive y muere sintiendo muchas veces el abandono y el silencio de Dios, pero también entregándose totalmente a ese Padre, que se ha eclipsado por entero en ciertos momentos.

Para Jesús, en definitiva, como para nosotros, la experiencia de Dios significó en gran medida un precipitarse en la nada, un perder todo apoyo sobre el que fundar su propio existir, hasta perder incluso el apoyo del Padre, y desde ese abismo abandonarse confiadamente en manos de Dios, «por ser Dios quien es».
En el fondo, no se trata de creer apoyados en nuestra experiencia, de tener fe por lo que hemos sentido, sino de dejar que Dios sea Dios en nosotros. Se trata de sentir hasta los huesos un «vacío posibilitador», a fuerza de silencio y de escondimiento de Dios, para dar lugar a que nuestra fe no se apoye tanto en las imágenes de Dios que ya tenemos y se apoye un poco más en Dios mismo.

El desierto de nuestras vidas nos dice que la ausencia de Dios es, por una parte, apariencia, ya que Dios habla aun a través de ese silencio, y, por otra parte, es totalmente real, ya que Dios no se deja atrapar por nuestras explicaciones, ni siquiera por nuestras experiencias.
Dios aparece y está presente siempre al ser humano como silencio y como escondimiento; es el silencio y el escondimiento de un Dios que deja que la creación siga su curso y que el mundo se convierta en hogar de tanta masacre y destrucción, pero que se implica en un diálogo con el ser humano que muchas veces nos resulta incomprensible, pero que es el camino para entrar en la auténtica revelación de quién es el Insondable.
El desierto es el lugar de la libertad total, en el que surge la tentación y la lucha.
El pueblo de Israel sale de la esclavitud de Egipto y marcha al desierto. Pablo deja su antigua vida y se mete en la extensión del desierto. Jesús va a comenzar su misión, y antes va al desierto. Frente a las ataduras, internas y externas, que todo ser humano tiene, el desierto se presenta como el lugar sin fronteras en el que la libertad total puede ser experimentada.
Es ahí donde se puede vivir lo que Casaldáliga expresó en su poema «Mi soledad»:
«Mi soledad soy yo.
No hay compañía
que me acompañe todo.
En honda gran medida
vivir es andar solo».

El desierto es un espacio sin fronteras que, en su infinitud aparente, provoca, en primera instancia, una experiencia de radical libertad que nos enfrenta con discursos aprendidos, frases estereotipadas.
Esa radical libertad de tanta palabra repetida es, además, una invitación a una búsqueda de Dios menos pretenciosa. El Dios que se comunica en silencio reclama de nosotros renunciar a la gratificación inmediata, a la fidelidad condicionada, al seguimiento con éxito garantizado... El desierto es, entonces, una oportunidad para la «fe pura».

Esta experiencia de vida a fondo perdido pone de manifiesto también la multitud de obstáculos que tiene esta vida (la vida) para el ser humano. El lugar sin límites posibilita así la vivencia de los límites que todos tenemos para soportar tal libertad.

El desierto es lugar de encuentro, de intimidad... es noche estrellada.
Nadie marchó al desierto para luchar consigo mismo y con sus demonios. La meta de la fuga era el encuentro con Dios, sin que hubiera otras realidades que pertubaran al corazón. En este sentido, el desierto se transfigura en una metáfora del paraíso perdido, en un nuevo jardín del Edén, que exige nuevos ojos y un profundo proceso de liberación interior para poder ser disfrutado, pero que está ahí a la espera... En el desierto el tiempo se «ralentiza»; la prisa y la agitación dejan paso a la contemplación pausada; la multitud de imágenes se reducen a la pesadez creadora de un yermo que esconde oasis; el habla se convierte en escucha...

Pero el desierto entraña un peligro muy particular: el espejismo, esa particular ilusión óptica que quiere esconder y rechazar los peligros. No por hablar de las bondades del desierto, de su particular espiritualidad, de sus oportunidades, debemos olvidar las palabras de Ch. de Foucauld que citábamos al principio de este artículo: «El desierto no sostiene al débil; lo aplasta. El que gusta del esfuerzo y la lucha, ése puede sobrevivir». Atenuar las dificultades, ignorar la necesidad de un guía y olvidar los pertrechos no son signo de mayor osadía y valentía, sino todo lo contrario: de una escasa valoración de lo que el desierto significa, de sus oportunidades y riesgos, de la necesidad de prepararse para cuando llega.

Un tiempo espiritual : La Noche
Podemos entender que la experiencia espiritual de Serra en sus últimos meses fue una experiencia de noche. La experiencia de la Noche es una experiencia típicamente humana y cristiana y aquellos que han pasado por ella son luz para los demás. Todos, en algún momento de nuestra vida hemos atravesado o atravesamos períodos de tristeza, duelo, frustración o fracaso de proyectos o expectativas. Momentos de sufrimientos físicos, morales o espirituales, situaciones de carencia de sentido de la vida y de injusticias flagrantes van jalonando nuestra existencia.

Además, la humanidad vive también sus noches colectivas. Jesús mismo tuvo que vivir su confianza en Dios en el interior de una Noche oscura, esperando contra toda esperanza, y su paso por la Noche ilumina nuestras noches. La Noche irrumpe en el itinerario del crecimiento espiritual porque ir por el camino de la configuración con Cristo supone pasar por ella. Nuestro Dios parece tener un rostro eternamente inaccesible. Aparece y desaparece, se aproxima y a la vez se aleja, se concreta y se desvanece. La Cruz pone en cuestión cualquier imagen interesada de Dios. En las estrofas de los poemas de San Juan de la Cruz está bellamente narrada esta
experiencia: “¿Adónde te escondiste,/amado, y me dejaste con gemido?/
Como el ciervo huiste,/habiéndome herido;/ salí tras ti, clamando, y eras ido”
(Cantico Espiritual, 1)11.-

Las noches, en realidad, son la puerta de acceso a la unión con Dios, aspiración de todo humano. Constituyen momentos de purificación en los que se nos ofrece la oportunidad de desprendernos de todo aquello que en nuestra mente y en nuestro corazón hemos confundido con Dios. En ellos Dios nos transforma en su Amor.
Es en la Noche donde podemos concentrar toda nuestra atención en Dios como nuestro Todo, sin que otra cosa pueda dispersarnos. La fidelidad a Dios es la condición de la unión con Él. Por eso es tan importante en estas situaciones permanecer en Getsemaní, enel Gólgota, sin huir. Y continuar amando, porque hemos oído en nuestro interior la llamada del Amor que nos quiere hacer suyos

. Hay que entregarse al Misterio, acogerlo, adorarlo. Lo expresó con claridad Simone Weil: “Y lo más terrible es que si en estas tinieblas en las que no hay nada que amar, el alma deja de amar, la ausencia de Dios se hace definitiva. Es preciso que el alma continúe amando en el vacío, o que, al menos, desee amar, aunque sea con una parte infinitesimal de si misma. Entonces Dios vendrá un día a mostrársele y a revelarle la belleza del mundo… Pero si el alma deja de amar, cae en algo muy semejante al infierno”.

En los momentos de Noche se producen aumentos de percepción y comprensión de la realidad de Dios. A pesar del dolor y de la prueba, se tiene la certeza de la “fuente que mana y corre”14. Son momentos de aprendizaje en el dejar a Dios ser Dios en la propia vida, para que sea su verdadero Centro. Nos preparan para que podamos acercarnos a Dios con todas las capacidades de comunión abiertas. En la Noche de la espera se nos invita a ejercitarnos en la fe, la esperanza y el amor, es decir, a vivir teologalmente. Y ello demanda la desnudez humilde y confiada de la entrega, dejando de lado nuestro ego, saliendo del propio “amor querer e interés”. El abandono en Dios posibilitará poder decir con San Pablo: “ya no vivo yo,sino que Cristo vive en mí” (Gal 3,27) y aprenderemos a fluir con él.

EXPERIENCIA DE CRUZ, EXPERIENCIA DE ABANDONO
El destierro, en silencio, que sufre el P. Serra en el desierto de Las Palmas es el resultado de una vida; resultado de un amor radical en el que ya no tenían importancia considerar las consecuencias para la propia vida. Quien no pone límites a su compromiso en favor de los demás, pronto o tarde termina pagándolo.

En esa entrega, P. Serra no solamente daba vida, sino que también encontraba la vida: «doy mi vida para recobrarla de nuevo». Esta profunda convicción fue la que le guiaba: el amor nunca es pérdida. De allí nace siempre la vida. Cuando uno se da, paradójicamente, las ganancias se multiplican: se consigue el ciento por uno

También así vivió P. Serra los meses previos a su muerte. Éste es el momento en el que uno puede entregarlo todo con la esperanza de que la semilla enterrada da mucho fruto.

J.B. Serra ha recorrido un camino humano hasta el final. Y la muerte es la llegada segura e infalible de todo lo humano. Pertenece al hombre como una propiedad de la que no puede deshacerse. Serra también pasó por este doloroso trance. La muerte se presenta como algo angustioso para el hombre, porque allí se patentiza un doble dato que acompaña al hombre durante toda su vida: su impotencia y su soledad. La existencia del hombre es frágil, débil, no domina totalmente su vida, está condicionado por la naturaleza y por sus instintos. Y el hombre vive solo. El fondo de su ser es impenetrable, incluso para sí mismo. Ninguno puede comunicarse totalmente, ni nadie nos entiende a fondo. Esta soledad e impotencia en la que vive el hombre es el anticipo de otra impotencia, la de no poder disponer en absoluto de uno, y de otra soledad, la de no poder comunicarse ni un ápice: se trata de la realidad de nuestra propia muerte.

Serra también sintió la impotencia de la condición humana y tuvo que afrontar la muerte con toda su amargura. Pero seguramente no vivió la muerte solamente como una pesadilla y como algo rechazable. También la vivió con esperanza. Con la esperanza más fuerte, que es la que se tiene contra toda esperanza. A él podrían aplicarse sin reserva estas palabras que Pablo dice de Abraham: «Esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones... No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor... Por el contrario, ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios, con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido» (Rm 4,18-22).

La experiencia espiritual que alcanzó Serra en aquellos momentos cuestionó y desautorizó su propio conocimiento "natural" de la divinidad, y sin duda también el nuestro.
La experiencia personal de cruz le posibilitó una comprensión profunda del Dios crucificado, del Dios manifestado en lo más débil e impotente del mundo . Solo puede comprenderse lo que se vive.
La divinidad crucificada en Jesús se aparta y quiebra nuestras concepciones del Dios de la naturaleza o de las religiones espontáneas. El Dios de la cruz nos sorprende. Pone al revés las jerarquías de nuestros valores. Choca con nuestra imaginación. Es el escándalo de la cruz. La cruz no es respuesta, sino inquietar, abrir el corazón a otro modo de preguntar, a otro modo de conocer, a otro modo de vivir.

La cruz no es respuesta, sino una nueva forma de preguntar, la invitación hacia una actitud radicalmente nueva hacia Dios.
Desde la cruz no es tanto el hombre quien pregunta por Dios, sino que en primer lugar el hombre es preguntado acerca de sí mismo, de su interés en conocer y defender una determinada forma de divinidad.
El Dios de Jesús, como el de Serra no es el Dios de los triunfadores. Es el Dios de los que entregan su vida a una causa y fracasan, el Dios de los torturados, el de los mártires, el Dios de los profetas asesinados, el de los dirigentes encarcelados, el de los pastores que entregan su vida por las ovejas.
Sólo los que en la entrega total pueden dar un grito desesperado de esperanza revelan cómo es Dios. Ese es el Dios con el que probablemente se encontró Serra en sus últimos días.

El Dios de Jesucristo es el Dios que destruye y convierte en idolátricas todas las imágenes de Dios al estilo de los poderosos. El Dios de Jesús sufre la muerte de su Hijo en el dolor de su amor. Por tanto, en Jesús Dios es también crucificado y muere
. Esto es verdaderamente una locura para los sabios, un escándalo para los piadosos y algo muy incómodo para los poderosos. "De hecho, el mensaje de la cruz para los que se pierden resulta una locura" (1 Cor 1,18). "Nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo y para los paganos una locura" (1 Cor 1,23).

La única omnipotencia que Dios posee y que revela en Cristo es la omnipotencia del amor doliente. Dios no es otra cosa que amor; por eso el Calvario es la revelación ineludible de su amor en un mundo de males y sufrimientos. Dios es amor; el amor capacita para el sufrimiento, y la capacidad de sufrimiento se consuma en la entrega y en la inmolación.
En Jesús se manifestó el Padre paciente y doliente, no el omnipotente; Dios Padre con la congoja y la impotencia de todo Padre, que oculta la fuerza del amor; el Dios generoso, doliente, crucificado: Cristo desnudo, llagado, ensangrentado, pero invencible.
El Dios vivo es el Dios amante, que demuestra su vitalidad en el sufrimiento. Dios se nos revela porque sufre y porque sufrimos; porque sufre exige nuestro amor, y porque sufrimos nos da el suyo y cubre nuestra congoja con su congoja eterna e infinita.

OBLACION
Actitudes para esa entrega confiada en Dios
Admitir nuestra fragilidad
Somos “barro” y el Padre se acuerda de que lo somos (Sal 102). Nuestro Dios es alfarero no un dios escultor. Tendemos a olvidar nuestro ser barro porque nuestra cultura nos dice que tenemos que ser impasibles y de una pieza, el barro es muy frágil, demasiado frágil, y por eso tendemos a hacernos de piedra, hombres y mujeres lo más “integrados” posible, que no se quebranten ni se conmuevan demasiado porque esto es debilidad y no estamos para debilidades.

Es curioso como siguen operando imágenes de Dios no ya crueles como hemos visto, sino imágenes de un dios garante de hombres y mujeres bellos, sanos, sin fisuras, contenidos, que controlan la realidad, que le marcan su ritmo a la vida, que no lloran ni ríen demasiado, que no se alteran... en fin incapaces de palpitar con la vida.

En ese momento de su vida, Serra colocó en el desierto de las Palmas todo su cansancio, todas las calumnias recibidas, sus obras y también sus fracasos y soledades. Finalmente colocó delante de Dios en aquel lugar su enfermedad y su muerte. Exactamente como Jesús en el Gólgota y como cada uno de nosotros cuando de verdad nos ponemos en contemplación del crucificado y padecemos con Él.

Nos estamos incapacitando para el sufrimiento y eso es grave: “Abolir la facultad de sufrir sería abolir la condición humana. La fantasía de una supresión radical del dolor gracias a los progresos de la medicina es una imaginación de muerte, un sueño de omnipotencia que desemboca en la indiferencia a la vida”.[1]

Lo que se reprime vuelve aflorar y lo que “no debe ser de ninguna manera” hay que extirparlo, por eso nuestra cultura está haciendo auténtico negocio diciéndonos que la soledad hay que llenarla, que la enfermedad no hay asumirla de ningún modo, que la frustración es porque somos demasiado utópicos y que la muerte siempre es la de los otros.
[1] David Le Breton, Antropología del dolor, Seix Barral, Barcelona, p. 208

Saberle encontrar en la debilidad
El Silencio y el Ocultamiento de Dios son una invitación renovada a rastrear la experiencia de la Trascendencia por los lugares de la fragilidad. Porque lo frágil, lo débil, lo pobre, lo extraño es el lugar donde se realiza el designio misterioso de Dios de elegir aquello que todo el mundo rechaza, convirtiéndose, así, en revelación suya.

Hay que buscarle, pues, en estos lugares porque Dios acontece en Jesús como anonadamiento. Lo frágil nos hace ir a los márgenes de nuestra sociedad, de nuestro mundo, y vivir nuestra fe a la intemperie, encarnada desde allí. Sólo desde los márgenes nos es lícito hablar de universalidad pues sólo desde allí podemos hacer universal el Amor de Dios.

Saberle encontrar con otras formas: Dios con su silencio y su ocultamiento nos está recordando que estamos continuamente llamados a convertir nuestra imagen de Él para evitar que acabe siendo proyección nuestra. Somos invitados a despojarnos de la que tenemos para dejar que sea Dios mismo quien vaya formando en nosotros su imagen siempre nueva, dinámica

Renunciar a nuestro ego, empobrecernos
En el desierto de las Palmas, en ese particular Getsemaní del P. Serra, se puede empezar a vislumbrar todo con ojos nuevos: “La gracia está en el fondo de la pena”.
Adentrarnos en nuestro propio Getsemaní es abordar nuestra radical soledad aunque nos produzca vértigo y nos llene de angustia.
Hay que mirar el túnel de frente y entrar en él, al entrar se cortan amarras y cordones umbilicales, cual rito de iniciación se experimenta el horror al vacío y que te envuelven “redes de muerte y te alcanzan los lazos del abismo”,
Entonces se invoca al que te puede sustentar y sales del túnel con una soledad habitada, con el sentimiento de una presencia, con la vida arraigada en el único que es fuente de vida y libertad, se empieza a ver todo con ojos nuevos, el sufrimiento y la angustia han revertido en Vida.

Allí, probablemente Serra experimenta junto al abandono el fracaso, todo se diluye, se le cae su mundo encima.
Adentrarse en nuestro propio fracaso es percibir como a lo largo de la vida se nos diluyen tantos proyectos que hemos hecho desde nuestros mejores y más nobles deseos, como se rompen a trozos situaciones en las que hemos experimentado el sentido
Como la realidad es resistente y mostrenca y nunca va al ritmo de los deseos más sinceros, esto deja muy mal “sabor de boca”, deja heridas, pero en ese dejarse jirones de vida se va percibiendo como dejamos de ser depredadores y descubrimos que estamos llamados a aceptar que “somos invitados a la vida” (G. Steiner)

Y que cuando se acepta esa invitación, en gratuidad, la misma vida se convierte en la casa en que uno puede habitar sin agresividades, sin cargarnos con la losa pesada de creer que el sentido lo damos nosotros, que el Reino lo fabricamos nosotros.

El “yo” se vacía, se deshincha y se va aceptando con mayor cordialidad y gratuidad que somos “chispas de la creación”, que nos toca redimir la parcela de la creación que se nos ha encomendado y que la compasión solidaria se teje con mucha humildad, sin prepotencia y descubriendo que la tarea es consecuencia del don.

En el acercamiento las victimas de la historia, cuando intentamos hacernos cargo de su situación, puede suceder, y sucede de hecho muchas veces, que quedan cuestionados o negados nuestros planes, proyectos, esquemas previos.
Porque o nos aparecen matices de la realidad con los que no contábamos o porque, sin saber mucho por qué, las cosas no acaban de funcionar como las habíamos previsto.

A quien no ve o no escucha no le pasa eso: funciona como una apisonadora y ya está; pero si caminamos sobre el terreno de los demás no con botas militares sino descalzos percibimos que quizá aquello que hemos pensado, planificado y organizado con la mejor voluntad del mundo ya no es lo adecuado, incluso aunque muchos años lo haya sido.


El problema de la renuncia a nuestros planes y proyectos, a nuestros esquemas previos de intervención y actuación, es, en el fondo, el problema de la renuncia a nuestra imagen y a nuestras seguridades.

Que nuestra imagen se tambalee no nos gusta porque puede dar imagen de debilidad en entornos muchas veces agresivos o porque, cuando mandamos, puede poner en duda nuestro liderazgo.

Que nuestras seguridades se tambaleen es duro cuando tantas veces la entrada en el terreno de las pobres es para nosotros la entrada en terreno desconocido y nos tememos que incluso minado.

Se trata pues de hacernos pobres de nuestras seguridades humanas, de muchas cosas que nos hacen sentirnos humanamente seguros.
Es obvio que no podemos caminar en el aire, en el vacío: pero Jesús y el evangelio nos invitan a otras bases para nuestra seguridad: la seguridad en la fuerza misma del amor, la seguridad en la asistencia del Espíritu, la confianza en que Jesús se hace presente en nuestro camino...: esto no son sólo palabras bonitas, son elementos básicos en nuestra fe y en una acción movida por la fe.

Es un alivio descubrir que lo importante delante del Dios de la Vida no está en nosotros, ni en nuestros planes, ni proyectos, ni planificaciones, ni en nuestras coherencias, fidelidades y perfecciones, no está en nuestros montajes sino que está en los pequeños. Esta depuración, este cambio de percepción , este ver el mundo al revés no es lirismo ni es una pirueta puramente interior, es un proceso doloroso porque el yo tiene que quebrantarse, tiene que perderse, tiene que diluirse, y toda pérdida provoca duelo y el duelo por el propio “amor querer e interés” perdidos, para que nuestros amores quereres e intereses sean los del Reino, es de los más difíciles de elaborar.

Enfrentar nuestro propio sufrimiento
El problema es si somos capaces de aguantar el sufrimiento o nos estamos haciendo espantosamente inhumanos.
En nuestra cultura las enfermedades sólo las ponemos ya en manos de médicos y han perdido su dimensión inherente a la condición humana.
Hoy, la modernidad transforma la relación de cada actor con su salud en un asunto puramente médico, para numerosos usuarios el dolor ha perdido todo significado moral o cultural; encarna el espanto, lo innombrable.

Hay que combatir el dolor, pero el problema es si por lo menos somos capaces de orar desde nuestra precariedades, si somos capaces de sufrir o nos estamos haciendo espantosamente inhumanos. Hemos confundido los planos al entrar en una dinámica antropológica que desliga la afección del mal, la afección es el desorden fisiológico y el mal la repercusión social del mal, toda enfermedad genera un mal, un sufrimiento moral. Este sufrimiento ya casi nadie cree que tenga algún sentido, ya no se mira, ni se acoge ni se tiene en cuenta, es lo que no debe ser de ninguna manera, no estamos hablando del sufrimiento del “otro” sino del propio.

Al sufrimiento propio hay que hacerle sitio: “Sufrir es sentir la precariedad de la propia condición personal, en estado puro, sin poder movilizar otras defensas que las técnicas o la morales.
No obstante, aunque parezca al ser humano acontecimiento más extraño, el más opuesto a su conciencia, aquel que junto a la muerte le parece el más irreducible, es sin embargo el signo de su humanidad”.

Feo y “políticamente incorrecto”: la primera responsabilidad es aliviar el sufrimiento del otro, pero tenemos que asumir la vulnerabilidad que supone el sufrimiento propio, el dejarse ayudar y aliviar es más difícil que aliviar a los otros.
Mientras me siento aliviando a otros me siento útil, estoy dando, estoy activo, pero dejarse ayudar asumiendo las propias pasividades nos hace sumergirnos en unos niveles de humanidad que nos abren a ver la vida desde otro ángulo, desde otra perspectiva. Jesús en el Gólgota expreso una profunda vulnerabilidad : “Tengo sed”.

Perder el miedo a la muerte
La muerte en nuestra cultura ha desparecido del escenario cotidiano, ya no existe. La muerte es lejana o virtual, siempre es la de los otros, nunca cuento con que pueda ser la mía.
El miedo a la muerte produce esclavos (Hb 2,15), esclavos ante un dios Amo con el que hay que pasarse la vida negociando la existencia porque esta no se vive como don gratuito, y esclavos del propio yo que se ha hinchado hasta niveles insoportables.

Cuando al pie de la cruz se considera en el silencio compasivo la posibilidad de desaparecer se empieza a percibir “un no se qué que queda balbuciendo” y que nos va llevando a intuir que en el fondo de la pena está la gracia, que la vida empieza a emerger allá donde el mundo solo ve fracaso y muerte.

Pasar por esa experiencia en toda su crudeza, lleva a ahondar en la condición humana, a descubrir dimensiones de nuestra propia humanidad que en esta cultura mentirosa se mutilan y se reprimen de tal manera que nos podemos incapacitar para ser portadores y portadoras de Buena Noticia y nos pueden llevar a creer que aliviar sufrimiento en este mundo es un asunto de pura analgesia,

Se trata es de implicarse desde el corazón en ese territorio en el que nuestras razones, conceptos, doctrinas y morales fracasan: La locura y la necedad de un Dios Comunidad implicado en el sufrimiento de sus criaturas. Sólo desde está implicación la Pascua abre al futuro y se percibe que la muerte es el inicio de la Vida.
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